Pablo a España y Michael a Ucrania

19 diciembre 2025 Tradiciones Estilos de Vida

En la entra de hoy del blog, veremos las principales diferencias, y similitudes si las hay, sobre las fiestas navideñas en dos países diferentes. Hoy viajamos a Ucrania de la mano de Michael, un joven de 32 años que lleva viviendo en Mallorca dos años y comenta con su compañero de trabajo, Pablo.

Lo hacemos a modo de diálogo entre los dos compañeros para que la lectura sea más amena, divertida y que, además, la puedas disfrutar con un chocolate caliente en la mano, cerca de la chimenea y disfrutando de la buena lectura.

¡COMENCEMOS!

En la oficina, el sonido de los teclados se mezclaba con un villancico suave que alguien había puesto de fondo. Fuera, Palma lucía luces navideñas y un clima amable, muy distinto al que Pablo imaginaba cuando pensaba en el invierno del este de Europa. Mientras revisaba unos informes, levantó la vista hacia su compañero de mesa.

—Michael, ¿cómo se viven las Navidades en Ucrania? —preguntó con curiosidad—. Siempre he tenido la sensación de que son muy distintas a las nuestras.

Michael sonrió, se acomodó en la silla y dejó el ratón a un lado.

—Lo son, y mucho —respondió—. Para empezar, incluso las fechas cambian. En España todo gira en torno al 24 y 25 de diciembre, ¿verdad?

Pablo asintió.

—Nochebuena en familia, cena larga, turrón, y luego Navidad más tranquila. Y, por supuesto, los Reyes Magos el 6 de enero.

—En Ucrania —continuó Michael— durante muchos años celebramos la Navidad el 7 de enero, siguiendo el calendario juliano. Últimamente, cada vez más familias la celebran también el 25 de diciembre, pero el 7 sigue teniendo un peso muy fuerte, sobre todo en las tradiciones.

Pablo frunció el ceño, interesado.

—¿Y cómo es esa noche?

—La cena es el centro de todo —dijo Michael—. Se prepara la Sviata Vecheria, la Cena Santa, con doce platos, uno por cada apóstol. No hay carne: todo es simbólico. El plato principal es la kutia, una mezcla de trigo, miel, semillas de amapola y frutos secos. Representa la prosperidad y la memoria de los antepasados.

Pablo sonrió al pensar en su propia mesa.

—En mi casa no contamos platos —rió—, pero nunca faltan el cordero o el marisco, y los dulces típicos. Todo es más… ruidoso, supongo. Mucha conversación, risas, niños corriendo.

—En Ucrania es más solemne —explicó Michael—. Se espera a que aparezca la primera estrella en el cielo para empezar a cenar, en recuerdo de la estrella de Belén. Después, se cantan koliadky, villancicos tradicionales, y los niños van de casa en casa deseando buena suerte.

—Eso me recuerda un poco a pedir el aguinaldo —comentó Pablo—, pero aquí se ha ido perdiendo. Lo que no perdemos son los belenes y las cabalgatas de Reyes.

Michael miró por la ventana, donde una palmera iluminada contrastaba con su recuerdo.

—También decoramos, pero de otra forma. En muchas casas se coloca el didukh, una especie de espiga de trigo decorada, que simboliza la unión familiar y la cosecha. Y, claro, el invierno lo envuelve todo: nieve, frío intenso, noches largas.

Pablo pensó en la terraza donde había tomado café esa mañana, en manga larga.

—Aquí la Navidad es más luminosa —dijo—. Menos silencio, menos introspección. Más calle.

Michael asintió.

—Pero al final —concluyó—, en ambos países se trata de lo mismo: reunirse, recordar quiénes somos y compartir. Aunque lo hagamos con trigo y miel o con turrón y cava.

En la oficina volvió el sonido de los teclados. Afuera, Palma seguía brillando, mientras dos maneras distintas de vivir la Navidad se encontraban, tranquilamente, en la misma mesa de trabajo. Dos compañeros compartiendo recuerdos, momentos inolvidables y tradiciones con las que han crecido.