LGTBIfobia: ni en la vida ni en el deporte.
La LGTBIfobia en el deporte y en la vida cotidiana sigue siendo una realidad que limita, hiere y excluye. No es un problema aislado ni una cuestión “de opinión”: es una forma de discriminación que afecta directamente a la dignidad, la salud mental y las oportunidades de miles de personas. Erradicarla no es solo una cuestión de justicia social, sino de coherencia con los valores que decimos defender: igualdad, respeto, juego limpio y convivencia.
El deporte, en teoría, representa superación, compañerismo y trabajo en equipo. Se presenta como un espacio donde el talento, el esfuerzo y la disciplina son lo único que importa. Sin embargo, durante demasiado tiempo ha sido también un lugar donde muchas personas LGTBI han tenido que ocultar quiénes son por miedo al rechazo, la burla o incluso la expulsión simbólica del grupo. Comentarios “de vestuario”, cánticos ofensivos en las gradas, chistes normalizados o silencios cómplices crean un entorno hostil que contradice el espíritu deportivo.
Por eso, días como hoy, 19 de febrero, Día Internacional contra la LGTBIFobia en el deporte son vitales, necesarios y cada vez deben rugir con más fuerza. La LGTBIfobia no solo afecta a quienes la sufren directamente; empobrece a todo el entorno. Un equipo en el que alguien no puede ser auténtico es un equipo menos libre y menos fuerte.
Y seamos sinceros, fobia no es (según la RAE, aversión exagerada, obsesiva o un temor irracional y compulsivo hacia alguien o algo). No le tienes miedo a gays, lesbianas, bisexuales ni transexuales, Pepe. ¡Eso NO es! Te molesta que sean diferentes a ti. (Y eso hay que cuidárselo y trabajarlo en terapia)
Un club que permite actitudes discriminatorias pierde credibilidad. Una afición que justifica insultos como “parte del espectáculo” normaliza la violencia simbólica. Y esa normalización se traslada fuera del estadio, a las aulas, al trabajo y a la calle.
En la vida cotidiana ocurre algo similar. Cuando se cuestiona la orientación o la identidad de una persona, cuando se trivializa el acoso o se ridiculiza el afecto entre personas del mismo sexo, se está enviando un mensaje claro: “no eres igual que los demás”. Y ese mensaje tiene consecuencias profundas. Muchas personas crecen aprendiendo a esconderse, a medir sus palabras, a disimular gestos, a vivir con miedo al juicio constante. Esa carga emocional no debería formar parte de la experiencia de nadie.
Es importante entender que la igualdad no resta derechos a nadie. Reconocer la diversidad no amenaza a la mayoría. Al contrario: amplía el espacio de libertad para todas las personas. Cuando un entorno es seguro para quien es diferente, es más humano para todos. La diversidad no es un problema que tolerar, sino una realidad que enriquecer.
En el deporte, avanzar hacia la erradicación de la LGTBIfobia implica acciones concretas: protocolos claros contra la discriminación, sanciones frente a comportamientos ofensivos, formación para entrenadores y personal, campañas de sensibilización y referentes visibles que rompan el silencio. También implica que los líderes —capitanes, directivos, figuras mediáticas— asuman su responsabilidad. Las palabras importan. El silencio también.
Pero más allá de las medidas formales, el cambio real comienza en lo cotidiano: en no reír una broma ofensiva, en corregir un comentario despectivo, en apoyar públicamente a quien decide vivir con autenticidad. La cultura cambia cuando cambian las pequeñas acciones repetidas cada día.
Decir que “todas las personas somos iguales” no es una frase vacía; es un principio ético fundamental. Todas merecemos amor, respeto y dignidad. Todas tenemos derecho a practicar deporte sin miedo, a caminar por la calle sin esconder la mano de quien queremos, a expresar nuestra identidad sin temor a represalias. La LGTBIfobia no lleva a ninguna parte: no construye, no protege, no mejora la convivencia. Solo genera dolor y división.
La libertad no es un privilegio reservado a unos pocos; es un derecho básico. El amor no debería ser motivo de escándalo ni de burla. El respeto no es opcional: es la base de cualquier sociedad democrática. Y la dignidad no se negocia.
Para quienes aún no comprenden del todo por qué esto es tan importante, a veces la cultura puede abrir puertas que el debate cerrado no logra abrir. Leer historias, conocer personajes, sumergirse en relatos que humanizan experiencias distintas a la propia puede cambiar miradas. Por eso sigue siendo una invitación valiosa acercarse a los libros de ‘Más Que Rivales’ (Heated Rivalry) y a su serie (Movistar+ o en internet (si entiendes lo que quiero decir)).
Más allá del romance o la ficción, lo que se encuentra en esa historia es algo profundamente humano: la lucha por ser uno mismo en un entorno exigente, el peso del silencio, el miedo a perderlo todo por amar, y la fuerza transformadora de la autenticidad.
A través de esa narrativa se entienden mejor algunos conceptos que a veces parecen abstractos: libertad, amor, respeto y dignidad. Se comprende que detrás de cada etiqueta hay personas reales con sueños, inseguridades y deseos de ser aceptadas. Se entiende que nadie debería tener que elegir entre su pasión —como el deporte— y su identidad.
Erradicar la LGTBIfobia no es una moda ni una imposición ideológica. Es un paso necesario hacia una sociedad más justa. Implica revisar prejuicios, desmontar estereotipos y asumir que la igualdad no es negociable. Implica recordar que el deporte puede y debe ser un espacio de inclusión, no de exclusión.
La pregunta no es si estamos preparados para ese cambio, sino si estamos dispuestos a darlo. Porque cada gesto cuenta. Cada palabra suma o resta. Y cada persona merece vivir sin miedo. Además, esto no es cosa de un día. Es el día a día. Cada día. Cada semana. Cada mes. Hasta que no sea necesario.
En el deporte y en la vida, el verdadero triunfo no está solo en ganar partidos, sino en construir entornos donde todas las personas puedan jugar, amar y vivir con la misma libertad. Ábrete a conocer gente, sus historias, sus vivencias… Todo es un aprendizaje… ¡Y muy satisfactorio!
Así que prepárate para jugar y disfrutar el mejor partido: ¡TU VIDA!